Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Diciendo esto, el duque esparció un puñado de monedas a diestra y siniestra, y luego se retiró a su sitio. El fingido rey hizo maquinalmente lo que le sugerían. Su sonrisa era forzada, pero pocos ojos estuvieron lo bastante cerca o fueron lo bastante perspicaces para descubrirlo. Los movimientos de su empenachada cabeza al saludar a sus súbditos eran llenos de gracia y gentileza; las dádivas que su mano prodigaba eran regiamente generosas; así se desvaneció la ansiedad del pueblo y las aclamaciones volvieron a estallar con la poderosa intensidad de antes.

De nuevo, sin embargo, poco antes de que acabara la procesión, el duque se vio obligado a adelantarse hacia el rey, y lo reconvino. Susurró:

—¡Oh, venerable soberano! Sacude ese humor fatal; los ojos del mundo están sobre ti. —Y añadió con vivo disgusto—: ¡Maldita sea esa loca mendiga!, fue ella la que ha perturbado a Su Alteza.

La suntuosa figura volvió hacia el duque sus ojos sin brillo y exclamó con voz desmayada:

—¡Era mi madre!

—¡Dios mío! —Gimió el protector, conteniendo su caballo para volver a su puesto—. ¡El agüero estaba preñado de profecía! ¡Se ha vuelto loco de nuevo!


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