Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Cambiemos el tiempo del verbo por comodidad. El tiempo transcurrió —una hora, dos horas, dos horas y media—, luego el intenso estruendo de la artillería anunció que el rey y su gran cortejo al fin habían llegado; por lo que la muchedumbre que esperaba se regocijó. Todos sabían que aún habría de demorar, porque el rey debería ser preparado y ataviado para la solemne ceremonia, pero esta demora se llenaría agradablemente por la reunión de los pares del reino con sus trajes de gala. Éstos fueron conducidos ceremoniosamente a sus asientos, y sus coronas colocadas al alcance de la mano; entretanto el gentío de las galerías avivaba su interés, porque la mayor parte veía por vez primera a duques, condes y barones cuyos nombres eran históricos desde hacía quinientos años. Cuando finalmente se sentaron todos, el espectáculo desde las galerías y desde cualquier posición ventajosa era completo; magnífico para ser contemplado y recordado.

Los jerarcas de la Iglesia, con mantos y mitras, y sus asistentes, se alinearon sobre la plataforma y tomaron los lugares a ellos asignados; fueron seguidos por el lord protector y otros grandes dignatarios, y éstos, a su vez, por un destacamento de la guardia, vistiendo armaduras de acero.



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