Principe y mendigo

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Ahora empezó un movimiento de las brillantes partículas de aquel grupo oficial, que fue lento, apenas perceptible, y, sin embargo, tenaz y persistente; un movimiento tal como el que se observa en un calidoscopio que se hace girar lentamente, con lo cual los componentes de un espléndido grupo se disgregan y se unen con otros; un movimiento que, poco a poco, en el caso presente, disolvió el reluciente gentío que se hallaba cerca de Tom Canty, y lo agrupó de nuevo en las inmediaciones del recién llegado. Tom Canty se quedó casi solo. Ahora siguió un breve momento de profundo suspenso y espera, durante el cual incluso los pusilánimes que aún permanecían cerca de Tom Canty fueron gradualmente haciendo suficiente acopio de valor para escurrirse, uno por uno, hacia el lado de la mayoría. Así que al fin Tom Canty, con su atavío real y sus joyas, quedó completamente solo y aislado del mundo, figura conspicua ocupando un elocuente vacío.

Ahora se vio regresar al lord St. John. A medida que avanzaba por la nave central, el interés era tan intenso que el apagado murmullo de las conversaciones expiró en la gran asamblea y fue seguida por un profundo silencio, una calma expectante en la cual las pisadas del lord vibraron con un sonido sordo y distante. Todos los ojos se clavaron en él mientras avanzaba. Llegó a la plataforma, se detuvo un momento, luego se inclinó ante Tom Canty con una profunda reverencia, y dijo:


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