Principe y mendigo
Principe y mendigo —Milord St. John, id a mi gabinete particular en el palacio —pues nadie lo conoce mejor que vos—, y, muy cerca del piso, a la izquierda, en el rincón más distante de la puerta que da a la antecámara, hallaréis en la pared una cabeza de clavo de bronce. Oprimidlo y se abrirá un armarito de joyas, que ni siquiera vos conocéis, no, ni ningún alma en el mundo sino yo y el leal artesano que lo ideó para mÃ. Lo primero que veréis será el Gran Sello. Traedlo aquÃ.
Todos los circunstantes se pasmaron al oÃr sus palabras, y se maravillaron, más aún al ver al pordioserillo elegir a aquel par sin vacilación ni aparente temor de equivocarse, y llamarlo por su nombre, con el aire plácido y convincente de haberlo conocido toda la vida. El par se sorprendió casi obedeciendo. Incluso hizo un movimiento como para alejarse, pero pronto recuperó su serena actitud y confesó su disparate con un sonrojo. Tom Canty se volvió hacia él y dijo ásperamente:
—¿Por qué vacilas? ¿No has oÃdo el mandato del rey? ¡Ve!
El lord St. John hizo una profunda reverencia —y se pudo observar que ésta fue cautelosa y evasiva, no dirigida a ninguna de los reyes, sino al territorio neutral equidistante de ambos— y se despidió.