Principe y mendigo
Principe y mendigo Fue una idea afortunada, una idea feliz. Que asà lo consideraron también los grandes dignatarios se manifestó en el silencioso aplauso que brotó de sus ojos en forma de brillantes miradas de aprobación. SÃ, nadie sino el verdadero prÃncipe podrÃa disipar el persistente misterio del Gran Sello desaparecido —a este infeliz impostorcillo le habÃan enseñado bien su lección, pero aquà sus enseñanzas debÃan fracasar, porque su mismo maestro no podrÃa contestar esa pregunta—; ¡ah, muy bien, muy bien en verdad: ahora pronto nos libraremos de este enojoso y peligroso asunto! Y asintieron con la cabeza de modo imperceptible y sonrieron internamente con satisfacción y voltearon a ver a aquel muchacho atacado por la parálisis de la confusión culpable. ¡Cómo se sorprendieron entonces de ver que nada semejante sucedió! ¡Cómo se maravillaron al escucharlo contestar de inmediato, con voz segura y tranquila!
—No tiene nada de difÃcil esta adivinanza.
Luego, sin un «con vuestra venia» a nadie, se volvió y dio esta orden, con el desembarazo del que está acostumbrado a tales cosas: