Principe y mendigo
Principe y mendigo Mientras permanecÃa allÃ, paralizado de terror, por el palacio circulaban espantosas noticias. El susurro —porque era siempre susurro— voló de lacayo en lacayo, de caballero en dama, por los extensos corredores, de piso en piso, de salón en salón: «¡El prÃncipe se ha vuelto loco! ¡El prÃncipe se ha vuelto loco!». Muy pronto cada sala, cada vestÃbulo de mármol vio grupos de engalanados caballeros y damas, y otros grupos de gente de menor alcurnia, pero también deslumbrante, charlando a media voz, y todos con muestras de pesar. Pronto apareció por entre ellos un pomposo oficial, haciendo esta solemne proclamación:
—¡EN EL NOMBRE DEL REY!
«¡Nadie preste oÃdos a esa falsa y necia calumnia,
so pena de muerte,
ni hable de la misma ni la divulgue!
¡En nombre del rey!».
Los cuchicheos cesaron tan al punto como si los murmuradores hubieran enmudecido.
No tardó en correr un murmullo general por los pasillos: «¡El prÃncipe! ¡Mirad, viene el prÃncipe!».