Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Cerróse la puerta y una encantadora joven ricamente vestida se llegó a él corriendo, pero se detuvo de súbito y dijo con aflicción:

—¿Qué te aqueja, mi señor?

A Tom casi le faltó el aliento, pero lo recuperó para tartamudear:

—¡Ah! Ten piedad de mí. No soy tu señor, sino el pobre Tom Canty, de Offal Court. Ruégote que me dejes ver al príncipe, que él de buena gana me devolverá mis andrajos y me dejará salir sin daño. ¡Oh! Ten piedad de mí y sálvame.

Al decir esto estaba el niño de rodillas, suplicando tanto con los ojos y las manos levantadas como con sus palabras. La doncella parecía horrorizada, y exclamó:

—¡Oh, mi señor! ¿De rodillas? ¿Y ante mí?

Dicho esto, huyó temerosa, y Tom, rendido por la desesperación, se dejó caer al suelo balbuceando:

—¡No hay auxilio, no hay esperanza! ¡Ahora vendrán y me prenderán!


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