Principe y mendigo
Principe y mendigo Titubeó el personaje y acabó por detenerse. Sin duda sintió que estaba en terreno delicado. Lord Hertford se paró ante él, miróle a la cara con serenos y francos ojos y dijo:
—Prosigue. Nadie sino yo te oye. ¿Barruntos respecto a qué?
—Me repugna poner en palabras lo que está en mi mente, siendo tú como eres tan cercano a él en la sangre, milord. Mas, solicitando tu perdón si te ofendo, ¿no te parece raro que la locura pueda cambiar tanto su porte y sus modales? Su porte y sus palabras son aún los de un príncipe, pero difieren en cosas insignificantes de las que acostumbraba el príncipe anteriormente. ¿No te parece extraño que la locura haya borrado de su memoria las mismas facciones de su padre, las costumbres y las observancias que se le deben por los que le rodean, y que, dejándole el latín, le haya quitado el griego y el francés? Milord, no te ofendas, pero libera mi mente de esta inquietud y recibe mi agradecimiento. No se me quita de la cabeza su afirmación de que no era el príncipe y…
—Calla, milord, profieres traición. ¿Has, olvidado el mandato del rey? Recuerda que tan sólo escucharte me hago cómplice de tu delito.
Palideció St. John y se apresuró a añadir: