Principe y mendigo
Principe y mendigo —He faltado, lo confieso. No me hagas traición. Que tu cortesÃa me conceda esa merced y no volveré ni a pensarlo ni a hablar más de eso. No te muestres duro conmigo, señor, o estoy perdido.
—Basta, milord. Si no faltas de nuevo, aquà o ante otros, será como si no hubieras hablado. Mas no debes albergar recelos: es el hijo de mi hermana. ¿No me son familiares desde su cuna su voz, su cara, su figura? La locura puede provocar esas cosas tan raras que tú ves en él y más aún. ¿No recuerdas cómo el viejo barón Marley, al volverse loco, olvidó su propia personalidad de sesenta años para creer que era la de otro? ¿No recuerdas que pretendÃa ser el hijo de MarÃa Magdalena y tener la cabeza hecha de vidrio español? A fe mÃa que no sufrÃa que nadie la tocara, por temor a que una mano atolondrada pudiera romperla. Tranquiliza tus barruntos, mi buen señor. Es el mismo prÃncipe, lo conozco bien, y pronto será el rey. Te convendrá tener esto en mente y pensar en ello más que en lo otro.