Principe y mendigo
Principe y mendigo Después de un rato más de conversación, en la cual lord St. John enmendó su yerro lo mejor que pudo con repetidas protestas de que su fe era ya arraigada y no podÃa ser otra vez asaltada por la duda, lord Hertford relevó a su compañero de custodia y solo se sentó a vigilar y aguardar. No tardó en sumirse en la meditación, y, evidentemente, cuanto más pensaba más perplejo se sentÃa. A poco empezó a dar paseos y a hablar entre dientes:
—¡Oh! Debe ser el prÃncipe. ¿Habrá alguien en el reino capaz de sostener que puede haber dos personas, no siendo de la misma sangre y nacimiento, tan extraordinariamente iguales? Y aunque asà fuera, milagro más extraño serÃa aún que la casualidad pusiera a una de ellas en lugar de la otra. No. Es locura, locura, locura.
Al cabo de un rato se dijo:
—Porque si fuera un impostor que se dijera prÃncipe, eso serÃa muy natural; eso serÃa razonable; pero ¿ha habido jamás impostor alguno que, al ser llamado prÃncipe por el rey, prÃncipe por la corte, prÃncipe por todos, negara su dignidad y suplicara contra su exaltación? No. ¡Por el alma de San Jorge, no! Es el verdadero prÃncipe, que se ha vuelto loco.