Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Le falló la voz; una palidez cenicienta borró el color de sus mejillas, y los servidores le recostaron sobre sus almohadas, y apresuradamente lo asistieron con tonificantes. A poco, dijo lleno de pesar:

—¡Ah, cuánto he esperado esta dulce hora!, y he aquí que llega demasiado tarde, y me veo privado de esta ocasión tan codiciada. ¡Pero apresuraos, apresuraos!, que otros hagan este feliz oficio, ya que a mí se me niega. Doy mi gran sello en comisión: elige tú los lores que han de componerla, y andad a vuestro trabajo. ¡Apresúrate! Antes que salga el sol y se ponga de nuevo, tráeme su cabeza para que yo la vea.

—Conforme al mandato del rey, así se hará. ¿Querrá Vuestra Majestad ordenar, que el sello me sea devuelto, de manera que pueda llevar adelante el negocio?

—¡El sello! ¿Quién guarda el sello sino tú?

—Vuestra Majestad, hace dos días que me lo quitasteis, diciendo que no habría de utilizarse sino hasta que vuestra propia real mano lo usara sobre el decreto del duque de Norfolk.

—Sí, en verdad así lo hice: Lo recuerdo. ¿Qué hice de él?… Estoy muy débil… En estos días la memoria me es traidora tan frecuentemente… Es extraño, extraño…


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