Principe y mendigo

Principe y mendigo

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El rey comenzó a mascullar inarticuladamente, meneando de tiempo en tiempo su canosa cabeza débilmente, y tratando de recordar lo que había hecho del sello. Por fin, milord Hertford se aventuró a arrodillarse y a ofrecer información:

—Señor, si me permitís la osadía, varios de los presentes recuerdan como yo cómo pusisteis el gran sello en manos de Su Alteza el Príncipe de Gales para que lo guardase hasta el día que…

—¡Cierto, ciertísimo! —Interrumpió el rey—. Ve por él. ¡Ve, el tiempo vuela!

Lord Hertford voló hacia Tom, pero volvió ante el rey antes de mucho rato, turbado y con las manos vacías. Se expresó de esta suerte:

—Duéleme, mi señor el rey, ser portador de tan graves y aflictivas nuevas, pero es voluntad de Dios que el príncipe permanezca trastornado, y no recuerda haber recibido el sello. Así he venido al punto a decíroslo, creyendo que sería perder un tiempo precioso, y además en vano, que alguno intentara registrar la larga serie de cámaras y salones que pertenecen a Su Alteza Real…

Un gruñido del rey interrumpió al lord en este punto. Al cabo de un rato dijo Su Majestad, con acento de profunda tristeza:


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