Principe y mendigo

Principe y mendigo

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A poco el príncipe se encontró en la morada de Juan Canty, con la puerta cerrada a los entremetidos. A la vaga luz de una vela de sebo, encajada en una botella, descubrió los rasgos principales del repugnante tugurio, y también los de sus ocupantes: Dos desgreñadas muchachas y una mujer de edad madura en cuclillas contra la pared en un rincón, con el aspecto de animales habituados a los malos tratos y en ese momento esperándolos y temiéndolos. De otro rincón salió una bruja seca, con el pelo canoso revuelto y perversos ojos. Juan Canty le dijo a ésta:

—Espera, tenemos buena mojiganga. No la estropees hasta que la hayas disfrutado; después, que sea tu mano tan pesada como quieras. Acércate, rapaz; ahora repite tus tonterías, si no se te han olvidado. Di tu nombre. ¿Quién eres?

La ofendida sangre subió una vez más a las mejillas del pequeño príncipe, y éste lanzó una mirada firme e indignada al rostro del hombre y dijo:

—Mala crianza es en uno como tú mandarme hablar. Te digo ahora, como te he dicho antes, soy Eduardo, Príncipe de Gales, y ningún otro.


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