Principe y mendigo
Principe y mendigo —¿El rey tu padre? ¡Oh, hijo mÃo! No digas esas palabras, que pueden traerte la muerte, y la ruina para todos los que están cerca de ti. Sacude ese horrible sueño. Recobra tu pobre memoria errante. MÃrame. ¿No soy yo tu madre, la que te ha dado el ser y tanto te ha amado?
El prÃncipe movió la cabeza y dijo pesaroso:
—Dios sabe que me duele afligir tu corazón, pero verdaderamente nunca he visto tu cara antes.
La mujer cayó sentada al suelo, y, cubriéndose los ojos con las manos, abrió paso a desgarradores sollozos y lamentos:
—¡Que siga el espectáculo! —Gritó Canty—. ¡Eh, Nan! ¡Eh, Bet! ¡Mozuelas sin modales! ¿Estáis en pie en presencia del prÃncipe? ¡De rodillas, hez de mendigas, y hacedle reverencia!
Continuó esto con una grosera carcajada. Las muchachas empezaron a suplicar tÃmidamente por su hermano, y Nan dijo:
—Déjalo que se acueste, padre; que descanse, y el sueño curará su locura. Hazlo, te lo ruego.
—¡Hazlo, padre! —Dijo Bet—; está más cansado que de ordinario. Mañana volverá a ser él mismo, y mendigará con diligencia, y no volverá a casa con las manos vacÃas.