Principe y mendigo

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Para esto se había escurrido hacía el niño dormido con la vela tapada con la mano. Cuidadosamente, con cautela, se inclinó sobre él, casi sin respirar, en su reprimida excitación, y de pronto le acercó la luz a la cara y golpeó el suelo con los nudillos junto al oído del niño. Los ojos de éste se abrieron asombrados, y dirigió una mirada perpleja en torno, pero no hizo ningún movimiento especial con sus manos.

La pobre mujer fue herida sin compasión por la sorpresa y el dolor, pero consiguió ocultar sus emociones y calmar al niño hasta dormirlo de nuevo. Luego se deslizó aparte y habló consigo misma, lastimosamente, sobre el desastroso resultado de su experimento.

Trataba de creer que la locura de su Tom había desaparecido su habitual ademán, pero no podía conseguirlo.

—No —se dijo—; sus manos no están locas, no podrían haber olvidado en tan poco tiempo un hábito tan viejo. ¡Oh, es un triste día para mí!

No obstante, la esperanza era ahora tan pertinaz como antes lo había sido la duda; no podía aceptar el veredicto de la prueba. Tenía que intentarlo de nuevo —el fracaso debe haber sido sólo un accidente—. Así despertó al niño una segunda y una tercera vez, a intervalos, con el mismo resultado que arrojó la primera prueba; luego se arrastró hasta su cama y se durmió angustiada, diciendo:


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