Principe y mendigo
Principe y mendigo —¡Pero no puedo renunciar a él, oh, no, no puedo, no puedo; debe ser mi hijo!
Habiendo cesado las interrupciones de la pobre madre, y habiendo perdido gradualmente los dolores del prÃncipe su poder de perturbarlo, por fin la extrema fatiga cerró sus ojos en un sueño profundo y reparador. Transcurrió hora tras hora, y siguió durmiendo como un bendito. Asà pasaron cuatro o cinco horas. Entonces su sopor empezó a aligerarse. De pronto, entre despierto y dormido, balbuceó:
—¡Sir William!
Y al cabo de un momento:
—¡Hola, sir William Herbert! Ven acá y escucha el sueño más raro que… ¡Sir William! ¿Escuchas? ¡Vaya! He soñado que me convertÃa en mendigo, y… ¡Hola! ¡Guardias! ¡Sir William! ¡Cómo! ¿No hay aquà ningún ayuda de cámara? ¡Ah!… A fe mÃa que…
—¿Qué te aqueja? —preguntó un susurro junto a él—. ¿A quién llamas?
—A sir William Herbert. ¿Quién eres tú?
—¿Yo? ¿Quién habrÃa de ser sino tu hermana Nan? ¡Ah, Tom! Se me habÃa olvidado. Estás todavÃa loco. ¡Podré niño! Estás todavÃa loco. ¡Que no hubiera despertado de nuevo para verlo! Pero te ruego que controles tu lengua, si no, nos matarán a todos a golpes.