Principe y mendigo
Principe y mendigo El asustado prÃncipe se incorporó parcialmente de un salto, pero un filoso recuerdo de sus doloridos miembros lo hizo volver en sà y se hundió de nuevo en la sucia paja con un gemido y la exclamación:
—¡Ay de mÃ! ¡Entonces no era un sueño!
En un momento toda la grave pena y la miseria que el sueño habÃa desterrado cayeron de nueva sobre él, y comprendió que ya no era un prÃncipe mimado en un palacio, con los adoradores ojos de una nación en él, sino un mendigo, un paria, vestido de harapos, prisionero en un antro digno solo de animales y viviendo con mendigos y ladrones.
En medio de su dolor cobró conciencia de alegres ruido y voces, en apariencia sólo, a una o dos manzanas de distancia. Al momento se sintieron varios golpes a la puerta; Juan Canty cesó de roncar y dijo:
—¿Quién llama? ¿Qué quieres? Una voz contestó:
—¿Sabes sobre quién has dejado caer tu garrote?
—No. Ni lo sé ni me importa.
—Puede que pronto cambies de opinión, y si quieres salvar tu cuello, sólo huyendo puedes salvarte. En este momento el hombre está entregando el espÃritu. ¡Es el cura, el padre Andrés!