Tom Sawyer en el extranjero
Tom Sawyer en el extranjero Nos dio algo de comer, y nos hizo ir al otro extremo de la nave, y él se tumbó en un compartimiento desde donde podía dirigir todos las operaciones, y colocó un viejo revólver de cartucho bajo su cabeza, diciendo que a cualquiera se le ocurriese ponerse a tontear por ahí, intentando aterrizar, lo mataría.
Así que nos apretujamos los tres, e intentamos pensar en algo durante bastante rato, pero no decíamos más que alguna palabra de vez en cuando, y eso sólo cuando alguien tenía que decir algo de puro abatimiento, de tan asustados y preocupados como estábamos. La noche se arrastraba lenta y solitaria. Estábamos muy desanimados, y el brillo de la luna hacía que todo pareciese suave y hermoso, las casas de las granjas tenían un aspecto acogedor y hogareño, podíamos oír los ruidos que provenían de las granjas y nos entraron muchas ganas de estar allí, pero ¡cielos!, nos deslizábamos por encima de ellas como si fuéramos fantasmas, sin dejar ninguna huella.
Muy avanzada la noche, cuando todos los sonidos eran lejanos y el aire se sentía como tarde y hasta olía a tarde —una sensación como si fueran las dos de la madrugada, según puedo recordar—, Tom dijo que el profesor estaba tan callado que a lo mejor estaría dormido, y que sería mejor…
—Sería mejor, ¿qué? —dije yo en un susurro, muerto de miedo, porque sabía lo que estaba pensando.