Tom Sawyer en el extranjero
Tom Sawyer en el extranjero La tormenta
AQUEL sitio se volvió cada vez más solitario. Arriba teníamos el inmenso cielo, profundamente vacío y espantoso, y allá abajo el océano, sin otra cosa que las olas. A nuestro alrededor todo era un anillo, un anillo perfecto y redondo, donde el cielo y el agua se juntaban; sí, era un anillo monstruoso y enorme, en cuyo centro exacto estábamos nosotros. Íbamos volando a la carrera, como el fuego en las praderas, pero eso no nos servía de nada, ya que no conseguíamos salir del centro del anillo de ningún modo; yo no podía apreciar un avance, de un centímetro siquiera, fuera de él. La situación le proporcionaba a uno una sensación espeluznante y hasta daban escalofríos, de tan raro e inexplicable.
Bueno, todo estaba tan espantosamente quieto que teníamos que hablar en voz muy baja, volviéndonos cada vez más sigilosos y solitarios, cada vez menos conversadores, hasta que al fin la charla se acabó por completo, y los tres nos quedamos sentados allí, para «pensá», como decía Jim, sin decir una sola palabra durante mucho tiempo.