Tom Sawyer en el extranjero

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Nos dirigimos hacia la popa y nos sentamos, pero él no parecía poder quitarse aquello de la cabeza. De vez en cuando explotaba y volvía a hablarnos sobre el tema, e intentaba que le contestáramos, pero nosotros no lo hacíamos.

Entonces llegó un momento en que me pareció que ya no podría soportar tanta soledad. Todo era aún peor cuando llegaba la noche. A veces Tom me daba un pellizco y me susurraba:

—¡Mira!

Así lo hice, y vi al profesor echando un trago; aquello no me gustó nada. De vez en cuando bebía otro poco, y muy pronto comenzó a cantar. Ya estaba oscuro, y el cielo se iba poniendo cada vez más negro y tormentoso. El profesor continuó cantando enloquecido, los truenos comenzaron a rezongar, el viento a quejarse entre el cordaje, y todo junto resultaba algo espantoso. El cielo se puso tan negro que ya no le podíamos ver más, y ojalá no pudiésemos oírle, pero le oíamos. Luego se calló de repente, y no pasaron diez minutos antes de que nosotros empezáramos a sospechar y a desear que armase de nuevo aquel jaleo, así sabríamos por dónde estaba. Muy pronto, durante el destello de un relámpago, vimos que intentaba ponerse de pie, pero estaba tan borracho que se tambaleaba y se caía. Le oímos gritar en la oscuridad:


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