Tom Sawyer en el extranjero

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Creímos que la mujer iría a recoger al niño, pero no lo hizo. Pudimos ver, mediante los prismáticos, que permanecía sentada allí en la arena, con la cabeza metida entre las rodillas; de manera que supusimos que no había visto nuestra hazaña, y pensaba que el hombre habría desaparecido llevándose al niño. Se encontraba a unos ochocientos metros de su gente, así que pensamos bajar a recoger al niño, que se hallaba a unos cuatrocientos metros por delante de ella, y dejárselo sigilosamente antes de que la gente de la caravana pudiese hacernos algún daño. Igualmente pensamos que ellos tendrían bastante trabajo entre manos, atendiendo a los heridos. Acordamos que aquélla era nuestra oportunidad, y descendimos y nos detuvimos para que Jim arrojase la escala y cogiera al crío, el cual era una cosita regordeta, con muy buen humor también, si se tiene en cuenta el hecho de que acababa de dejar atrás una batalla y había sido tumbado de un caballo. Luego fuimos a buscar a su madre, y nos detuvimos detrás de ella, a una distancia prudencial; entonces Jim descendió del globo y avanzó sigilosamente, y cuando ya se encontraba cerca de ella, el niño dijo «gu-gu», como hacen los niños. Cuando la mujer le oyó, giró rápidamente y dio un alarido de alegría, dio un salto para coger y abrazar al chavalito, luego lo dejó en el suelo y le dio un abrazo a Jim, luego se quitó una cadena de oro y se la puso alrededor del cuello, lo abrazó de nuevo, y levantó al niño apretándolo contra su pecho, sollozando y bendiciendo todo el tiempo. Entonces Jim volvió al globo enseguida, y remontamos el vuelo, y la mujer se quedó mirándonos fijamente, con el pequeñín sentado sobre sus hombros y sus bracitos alrededor de su cuello. Y allí permaneció de pie, hasta que nosotros desaparecimos en el cielo.


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