Tom Sawyer en el extranjero
Tom Sawyer en el extranjero Jim no podía creerlo, y yo tampoco; de manera que tuvimos que bajar a la arena, coger un poco y comprobar si eso era verdad. Tom tenía razón. Acudieron a millares a picarnos a mí y a Jim, pero ninguna se posó sobre Tom. No había explicación para lo ocurrido, pero era así, no había que darle más vueltas. Tom dijo que siempre le había sucedido lo mismo, y que ya podía estar en medio de un millón de ellas, que nunca le tocaban o le molestaban.
Subimos a donde hacía un tiempo más frío para refrescarnos, y permanecimos allí durante un ratito; luego descendimos hasta encontrar un clima más agradable, y volamos perezosamente, a unos treinta o cuarenta kilómetros por hora, tal como habíamos estado haciendo durante las últimas horas. La razón era que, cuanto más permanecíamos en aquel pacífico y solemne Desierto, la prisa y la agitación parecían tranquilizarse en nosotros, entonces nos sentíamos más felices y contentos, satisfechos con aquella sensación. Y cuanto más nos gustaba el Desierto, más nos encariñábamos con él. De manera que, como iba diciendo, bajamos la velocidad y nos dedicamos a pasar el tiempo holgazaneando noblemente, algunas veces mirábamos a través del catalejo, otras nos estirábamos en nuestras literas, o echábamos una siestecita.