Un yanqui en la corte del rey Arturo

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En seguida estuvimos en el campo. Era de lo más encantador y agradable encontrarse en aquellas soledades silvestres al amanecer de una fresca mañana de principios de otoño. Desde lo alto de las colinas veíamos hermosos valles verdes que se extendían abajo, con sinuosos arroyos que los recorrían, islotes de árboles aquí y allá, e inmensos y solitarios robles que proyectaban oscuras manchas de sombra; y más allá de los valles veíamos cadenas de colinas, sumidas en la neblina, que se extendían en undosa perspectiva hacia el horizonte, y, a grandes intervalos, una tenue mota gris o blanca en la cresta de un cerro, que, como sabíamos, denotaba algún castillo. Cruzamos amplias praderas resplandecientes con el rocío, moviéndonos como espíritus, nuestras pisadas acalladas por la suavidad del césped, igual que en un sueño, nos deslizábamos por claros de bosques tamizados por una luz verde que tomaba su tinte del techo de hojas resecas por el sol, y a nuestros pies corrían los más claros y helados arroyuelos, murmurando y retozando entre los bancos y emitiendo una especie de música susurrante que resultaba reparadora, y por momentos dejábamos atrás el mundo y penetrábamos en las inmensas y solemnes profundidades del bosque, con su penumbra imponente, donde furtivas criaturas salvajes emergían y se ocultaban en seguida, desapareciendo antes de que los ojos localizaran el sitio del que procedía el ruido, y donde sólo revoloteaban los pájaros más tempranos, cantando aquí, riñendo allá, o lejos, en la distancia, martilleando o tamborileando los troncos de los árboles en busca de gusanillos. Y después, poco a poco, comenzamos a acercarnos al fulgor del mundo exterior.


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