Un yanqui en la corte del rey Arturo

Un yanqui en la corte del rey Arturo

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Después de la tercera, cuarta o quinta vez que regresábamos al fulgor -debían haber pasado un par de horas desde la salida del sol- ya no resultaba tan agradable como al principio. Comenzaba a calentar el sol de manera muy considerable, y estuvimos un largo trayecto sin sombra alguna. Es curioso cómo, una vez que comienzan, las pequeñas molestias crecen y se multiplican gradualmente. Cosas que no me molestaban al principio empezaban a molestarme entonces, cada vez más y más. Las primeras diez o quince veces que quise utilizar mi pañuelo no pareció importarme; seguía mi camino y me decía que no tenía importancia, pues era algo insignificante, y lo apartaba de mi mente. Pero ahora era distinto, quería utilizarlo a cada momento, una, y otra, y otra vez, todo el tiempo, sin descanso; no podía dejar de pensar en ello, hasta que perdí la paciencia y maldije al hombre capaz de fabricar una armadura completa sin un solo bolsillo. Veréis: tenía el pañuelo en el yelmo, junto con otras cosas, pero era el tipo de yelmo que no te puedes quitar tú solo. Era algo que no se me había ocurrido cuando puse allí el pañuelo y de hecho era algo que ignoraba. Había supuesto que sería un sitio particularmente cómodo. Y ahora, al saber que estaba allí, tan a mano, tan cerca y, sin embargo, tan inalcanzable, hacía que la situación fuese aún peor y más difícil de soportar. Sí, las cosas que no puedes alcanzar son las que, por lo general, más deseas; es algo que todo el mundo ha experimentado. Pues bien, dejé de pensar en todo lo demás, totalmente, y me concentré en el yelmo, y así continué, kilómetro tras kilómetro, pensando en el pañuelo, representándome el pañuelo, y era desagradable y enojoso sentir el sudor salado que continuamente goteaba sobre mis ojos. Así escrito parece algo sin importancia, pero no se trataba en modo alguno de algo insignificante: era el más real de los sufrimientos. No lo diría si no fuese así. Decidí que la próxima vez llevaría unos anteojos de retículo, sin importarme el aspecto o lo que pudiera opinar la gente. Naturalmente, esos caballeretes de hierro de la Mesa Redonda pensarían que era inaudito, inaceptable, y tal vez supondría un escándalo, pero por lo que a mí respecta, primero, la comodidad, y después, el estilo. Así que seguimos avanzando, y de vez en cuando entrábamos en terrenos polvorientos, y el polvo se arremolinaba en nubes, se me metía en las narices y me hacía estornudar y llorar y, por supuesto, comenzaba a decir cosas que no debería decir. No lo niego. No soy mejor que los demás. Parecía que no nos íbamos a topar con nadie en aquella Inglaterra solitaria, ni siquiera con un ogro, y con el humor que me gastaba, más le hubiese valido a un ogro mantenerse a distancia; a un ogro con pañuelo, quiero decir. La mayoría de los caballeros sólo hubieran pensado en hacerse con su armadura, pero si yo lograba apropiarme del pañuelo el ogro bien hubiese podido quedarse con toda su ferretería.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker