Un yanqui en la corte del rey Arturo

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Entretanto, cada vez hacía más calor en el interior de mi armatoste. Veréis, el sol golpeaba y calentaba progresivamente el hierro, y cuando sientes tanto calor te irrita cualquier pequeñez. Si avanzaba al trote, traqueteaba como una canasta repleta de trastos, lo cual me fastidiaba y, lo que es peor, no podía impedir que el escudo fuera dando saltos y golpes contra mi pecho y mi espalda; si disminuía el paso, mis articulaciones crujían y rechinaban de la misma y fatigosa manera que lo hace una carretilla, y a ese paso no conseguíamos provocar ni un soplo de brisa. Me sentía como si me estuvieran cociendo en una estufa, y además, cuanto más despacio me movía, más pesado se hacía el hierro y a cada minuto me parecía llevar encima más y más toneladas. Y continuamente tenía que estar pasando la lanza de un lado al otro, pues era muy fatigoso asirla mucho rato con la misma mano. Bueno, cuando sudas de esa manera, a chorros, llega un momento en que te... en que te..., bueno, en que te pica. Tú estás dentro, tus manos están fuera, y entre tu cuerpo y ellas se interpone una espesa costra de hierro. Es algo que no se debería tomar tan a la ligera, dígase lo que se diga. Primero te pica un sitio; luego, otro, y otro, y continúa extendiéndose hasta que termina por invadir todo el cuerpo, y nadie sería capaz de imaginar cómo te sientes, ni lo desagradable que resulta. Y cuando ya no podía ser peor, y me parecía que no podría resistir más, se coló un mosquito por la rejilla y se asentó en mi nariz, y la rejilla se trabó y no conseguía levantar la visera, sólo podía sacudir la cabeza, que en ese momento ardía de calor, y bueno, ya sabéis cómo se comporta un mosquito cuando te tiene a su merced, así que ante cada sacudida su única reacción era pasar de la nariz al labio y del labio a la oreja, y zumbar y seguir zumbando a lo largo y ancho de mi rostro, y picar, y seguir picando de un modo que para alguien como yo, en tal estado de desasosiego, resultaba sencillamente insoportable. Así que me rendí y le pedí a Alisande que me despojara del yelmo y lo descargara. Entonces procedió a vaciarlo y fue a llenarlo de agua y cuando regresó bebí de él, y el resto lo vertió en el interior de mi armadura. Sería imposible imaginarse qué sensación de frescor. Continuó trayendo y vertiendo agua hasta que estuve empapado y completamente aliviado.


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