Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Se acercaba la noche, y con ella, una tormenta. La oscuridad se extendió rápidamente. Por supuesto, debíamos acampar. Encontré un buen refugio para la doncella debajo de una roca, me alejé un poco y encontré otro para mí. Pero me vi obligado a permanecer dentro de mi armadura; no podía quitármela solo y tampoco podía pedirle a Alisande que me ayudara, pues hubiera sido lo mismo que desvestirse en público. En realidad, no era para tanto: llevaba otras ropas debajo, pero los prejuicios de tu propia educación no desaparecen tan de sopetón y sabía que cuando llegase el momento de despojarme de esas férreas enaguas de cola iba a sentir vergüenza.