Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo
« Camelot, Camelot -me dije-. No recuerdo haberlo oído antes; el nombre del manicomio, probablemente.»
Era un paisaje veraniego grato y tranquilo, hermoso como un sueño y solitario como un domingo. El aire estaba cargado del aroma de las flores, el zumbido de insectos y el gorjeo de las aves, y no se veían seres humanos, ni vagones, ni a roto ni actividad alguna. El camino era un sendero sinuoso, con huellas de cascos y pezuñas, y de vez en cuando rastros de ruedas a uno u otro lado de la hierba, ruedas que aparentemente tenían llantas tan anchas como una mano.
