Un yanqui en la corte del rey Arturo

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Sabía por el anuncio que se trataba de uno de mis caballeros. Era sir Madok de la Montaine, un sujeto fornido y corpulento cuyo principal mérito consistía en haber estado a un pelo de derribar a sir Lanzarote de su caballo en una ocasión. Nunca dejaba pasar mucho tiempo, en presencia de un desconocido, sin encontrar algún pretexto para revelarle tan grandioso hecho. Pero había otro hecho de magnitud similar que jamás mencionaba, pero que tampoco ocultaba cuando alguien se lo preguntaba: el hecho en cuestión era que no había alcanzado el éxito total en su hazaña porque había sufrido una interrupción al ser derribado del caballo por el propio sir Lanzarote. El ingenuo mastodonte no parecía ver contradicción alguna entre los dos hechos. Yo sentía un gran aprecio por sir Madok, pues ponía enorme entusiasmo en su trabajo y me resultaba muy valioso. Además, presentaba una hermosa y singular figura con sus anchas espaldas bajo la cota de malla, su colosal y leonina cabeza empenechada y su gran escudo, sobre el cual se veía un curioso y atractivo emblema: una mano cubierta por un guantelete que apretaba un cepillo de dientes, y debajo este lema:

ENSAYE EL NOMEATREVO

Se trataba de un dentífrico que estábamos introduciendo en el mercado.


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