Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Cuando, por fin, me fui a la cama estaba increíblemente cansado. ¡Qué lujo, qué placer estirar y relajar los músculos en tensión durante tanto tiempo! Pero, por el momento, no podía aspirar a más; dormir sería imposible. El alboroto que hacía la nobleza retozando, corriendo y chillando por los pasillos y salones de la casa semejaba un verdadero pandemónium y no me permitió pegar ojo. Al estar en vela, mi mollera se puso naturalmente en funcionamiento, y la mayoría de los pensamientos giraban alrededor del curioso espejismo que sufría Sandy. He ahí una mujer sana, tan sana como cualquier persona que aquel reino podía producir, y pese a ello, desde mi punto de vista, estaba actuando como una loca. ¡Caray! ¡Lo que hace el aprendizaje, la influencia de otros, la educación! Hace posible que una persona llegue a creer en cualquier cosa. Tenía que ponerme en el lugar de Sandy para intentar comprender que no era una lunática. Sí, y ponerla a ella en mi lugar para demostrarle lo fácil que resulta parecer lunático a los ojos de una persona que ha recibido una educación distinta a la propia. Si le hubiese dicho a Sandy que había visto un carromato que, sin encontrarse bajo el influjo de un encantamiento, era capaz de circular a ochenta kilómetros por hora; que había visto a un hombre, desprovisto de poderes mágicos, meterse en una cesta y elevarse hasta desaparecer entre las nubes, y que había escuchado, sin la ayuda de un nigromante, la voz de una persona que se hallaba a cientos de kilómetros de distancia, Sandy no sólo hubiera pensado que yo estaba loco: hubiera creído estar segura. Toda la gente que ella conocía creía en encantamientos; nadie albergaba ninguna duda. Dudar que un castillo pudiese ser convertido en una pocilga y todos sus ocupantes en cerdos equivaldría a poner en duda entre los habitantes de Connecticut la existencia del teléfono y sus portentos. En ambos casos las dudas se habrían considerado pruebas irrefutables de una mente enferma y una razón desequilibrada. Sí, Sandy estaba cuerda; me veía en la obligación de admitirlo. Y si yo quería conservar mi cordura a ojos de Sandy debía ocultarle mis supersticiones sobre locomotoras, dirigibles y teléfonos que ni estaban encantados ni son milagrosos. Además, yo tenía la creencia de que el mundo no era plano, que no estaba sostenido por columnas y que no estaba cubierto por un toldo para contener un universo de agua que ocupaba todo el espacio superior. Pero como era yo en todo el reino la única persona contaminada por estas opiniones impías y criminales, decidí que sería prudente guardar silencio también sobre este asunto, si no quería verme bruscamente apartado y proscrito de todos en razón de mi locura.