Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Cabalgamos velozmente y antes del atardecer nos encontrábamos en los altos parajes del valle de la Santidad. Nuestros ojos recorrieron el sitio de un extremo a otro, tomando nota de sus características. Quiero decir de las características más importantes, que eran los tres bloques de edificios. Esas apariciones distantes y aisladas se veían como construcciones de juguete en la yerma explanada que parecía ser un desierto, y lo era. Una escena semejante siempre resulta lóbrega: tan impresionante es su quietud, tan sumergida en la muerte parece estar. Sólo un sonido interrumpía la quietud, pero la hacía aún más lóbrega: era el sonido apagado y distante de campanas que tañían y que llegaba hasta nosotros transportado por la brisa pasajera, un sonido tan tenue, tan vago, que apenas sabíamos si lo escuchábamos con nuestros oídos o con nuestra imaginación.