Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo
Mi influencia en el valle de la Santidad se había convertido en algo prodigioso y se me ocurrió que valdría la pena utilizarlo para algo de provecho. La idea me asaltó la mañana siguiente, cuando vi llegar a uno de mis caballeros, que trabajaba la línea de jabones y detergentes. Según contaba la historia, los monjes de este sitio habían tenido dos siglos antes la suficiente inclinación mundana para pretender tomar un baño. Podía ser que aún quedase algún vestigio de esta debilidad. Comencé a tantear el terreno hablando con uno de los hermanos:
-¿No te gustaría lavarte un poco?
Se estremeció sólo de pensarlo, quiero decir de pensar en el peligro que representaría para el pozo, pero me dijo con vehemencia:
-Huelga hacer tal pregunta a un pobre hombre que desde su niñez no ha disfrutado de esa refrescante bendición. Quiera Dios que me sea posible lavarme, gentil señor, pero no me tentéis tratándose de algo tan prohibido.
