Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -Pregunta lo que se te antoje, que yo te responderé.
-Pero es difícil, quizá imposible.
-Mi arte desconoce esa palabra. Cuanto más dificil sea la pregunta, mayor será la certeza con que os revelaré la respuesta.
Como podéis comprender, estaba tratando de aumentar la expectación entre el público. Y, por lo visto, estaba alcanzando cotas muy altas: la respiración suspendida de todos los presentes, las nucas estiradas, los ojos muy abiertos así me lo indicaban. Los llevé entonces al clímax diciendo:
-Si no te equivocas, sume dices en verdad lo que quiero saber, te daré doscientos peniques de plata.
-¡Esa fortuna me pertenece! Te diré lo que ansías saber.
-Entonces dime lo que estoy haciendo con mi mano derecha.
El público prorrumpió en exclamaciones de asombro. A ninguno de ellos se le había ocurrido el pequeño ardid de preguntar por alguien que no estuviera a quince mil kilómetros de distancia. El mago se sobresaltó. Era una emergencia que no se le había presentado nunca antes en su carrera, y se quedó atascado sin saber qué hacer. Estaba aturdido, confuso, no podía decir palabra.