Un yanqui en la corte del rey Arturo

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La mayor parte de la conversación en la Mesa Redonda consistía en monólogos, largos recuentos de las aventuras en las que los prisioneros habían sido capturados y sus amigos y partidarios habían sido despojados de corceles y armaduras. A mi entender, estas feroces aventuras generalmente no eran incursiones emprendidas para vengar injurias ni para resolver viejas disputas o repentinas desavenencias; no, casi siempre se trataba de duelos entre extraños -duelos entre personas que nunca habían sido presentadas y entre las cuales no existía ningún motivo de agravio-. Muchas veces había visto que dos muchachos, desconocidos el uno para el otro, al encontrarse por casualidad se decían a un tiempo: «Podría darte una paliza», y al punto se enzarzaban en una pelea; pero hasta ahora había imaginado que ese tipo de comportamiento era exclusivo de los niños y era señal y coto del territorio infantil; pero ahí estaban esos bobos grandullones, que se empeñaban en seguir actuando así y hasta se jactaban de ello mucho después de haber pasado la mayoría de edad. Y, sin embargo, había algo abstracto y encantador en aquellas criaturas grandes de corazón simple. Diríase que en aquella guardería, por decirlo así, no se podrían reunirlos sesos suficientes para cebar un anzuelo de pesca, pero pasado un momento la cuestión dejaba de molestarte, porque te dabas cuenta de que en una sociedad como aquella no es necesario tener sesos, y que de hecho la hubieran echado a perder, dificultando su funcionamiento, privándola de su simetría, y quizá haciendo imposible su existencia.


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