Un yanqui en la corte del rey Arturo

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En casi todos los rostros se podía apreciar una agradable virilidad, y en algunos de ellos una cierta bondad y dulzura que se oponía a mis críticas despectivas y las frenaba. La más noble benignidad y pureza reposaba en el semblante de aquel a quien llamaban sir Galahad, así como en el del rey, y había majestad y grandeza en el marco gigantesco y el porte altivo de sir Lanzarote del Lago.

Se produjo en ese momento un incidente que centró el interés general eri el tal sir Lanzarote. A una señal de quien parecía ser el maestro de ceremonias, seis u ocho de los prisioneros se levantaron, avanzaron como un solo hombre, se arrodillaron en el suelo y, elevando las manos hacia la galería de las damas, imploraron la gracia de dirigir unas palabras a la reina. La dama, que se encontraba más visiblemente situada entre aquel arreglo floral de adornos y atavíos femeninos, inclinó la cabeza para indicar su asentimiento, y en seguida el portavoz de los prisioneros, en nombre propio y en el de sus compañeros, se puso a merced de la reina para que les concediera perdón, rescate, cautiverio o muerte, de acuerdo con lo que ella tuviese a bien elegir y esto, explicó, lo hacía siguiendo las órdenes de sir Kay el Senescal, de quien eran prisioneros, al haber sido derrotados por su poder y su destreza en singular combate.


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