Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo
Cuando le dije al rey que pensaba salir de viaje disfrazado de plebeyo para explorar el país y familiarizarme con los modos de vivir de la gente humilde, se entusiasmó inmediatamente con la novedad del proyecto y me aseguró que estaba dispuesto a tomar parte en la aventura. Nada podría disuadirlo, dijo, abandonaría todo lo que tuviese entre manos con tal de salir, pues era la mejor de las ideas que había oído en mucho tiempo. Quería ponerse en camino inmediatamente, deslizándose subrepticiamente por la puerta trasera, pero le expliqué que no sería apropiado. Veréis: estaba ya en el programa que esa tarde intervendría en una sesión para tocar a los enfermos escrofulosos y no estaría bien defraudar al público. Además, esto no le retrasaría mucho, pues se trataba de una función única. También me pareció que debería decirle a la reina que se marchaba de viaje. Al instante se ensombreció su semblante. Lamenté haber hablado, y más cuando me dijo con voz taciturna:
-Olvidáis que Lanzarote se encuentra aquí, y cuando Lanzarote está, ella no se da cuenta de si el rey se marcha a algún sitio, y tampoco se entera del día de su regreso.
