Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Hacia la hora de acostarse llevé al rey hasta mis habitaciones privadas para cortarle el pelo y ayudarlo a que se fuese acostumbrando a las humildes ropas que debería vestir. Las clases altas llevaban un flequillo sobre la frente y dejaban que el resto del cabello cayese suelto sobre los hombros. Los plebeyos llevaban flequillo por delante y por detrás. Los esclavos no tenían flequillo y el pelo les crecía libremente. Coloqué una taza invertida sobre la cabeza del rey y corté todos los rizos que sobraban. También le arreglé las patillas y el bigote, hasta dejarlos de poco más de un centímetro de largo. Me esforcé porque los resultados no fuesen muy artísticos, y lo logré: quedó vilmente desfigurado. Una vez que se hubo puesto unas sandalias ordinarias y una túnica de basto lino marrón que le cubría desde el cuello hasta los tobillos, dejó de ser el hombre más apuesto del reino para convertirse en el menos atractivo y más vulgar. íbamos vestidos y afeitados de forma parecida y podíamos pasar por pequeños granjeros, mayordomos de finca, pastores o carreteros y, si hubiésemos querido, incluso por artesanos, ya que nuestro atuendo era el más corriente entre los pobres, en virtud de su resistencia y su bajo precio. No es que fuese realmente accesible para una persona muy pobre, pero estaba confeccionado con el material más barato que se utilizaba para vestiduras masculinas. Material manufacturado, entiéndase.