Un yanqui en la corte del rey Arturo

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29. La choza de la viruela

 

Cuando llegamos a la choza aquella era pasado el mediodía, pero no se veían señales de vida. La cosecha del campo contiguo había sido recogida hacía ya un buen tiempo, y probablemente lo habían labrado y segado de manera muy exhaustiva, pues ofrecía un aspecto pelado, desolado. Cercados, cobertizos, todo se encontraba en un estado de ruina que delataba una gran pobreza. En las inmediaciones no había ningún animal, ni se veía criatura viviente alguna. Reinaba una terrible quietud que parecía un presagio de muerte. La choza era de una sola planta, con un techo de paja deshilachado por falta de cuidado y ennegrecido por el paso del tiempo. La puerta estaba ligeramente entreabierta. Nos aproximamos con cautela, de puntillas y conteniendo la respiración, pues uno se ve impulsado a actuar así en estos casos. El rey llamó a la puerta. No hubo respuesta. Volvió a llamar. No hubo respuesta. Empujé la puerta suavemente y eché un vistazo en el interior. Sólo pude distinguir algunas formas vagas y una mujer que se levantaba del suelo y me miraba como alguien que se despierta bruscamente de un sueño.

-¡Tened piedad! -imploró-. Se lo han llevado todo. No queda nada.

-No he venido a llevarme nada, buena mujer.

-¿No sois cura?

-No.


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