Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo
Cuando llegamos a la choza aquella era pasado el mediodÃa, pero no se veÃan señales de vida. La cosecha del campo contiguo habÃa sido recogida hacÃa ya un buen tiempo, y probablemente lo habÃan labrado y segado de manera muy exhaustiva, pues ofrecÃa un aspecto pelado, desolado. Cercados, cobertizos, todo se encontraba en un estado de ruina que delataba una gran pobreza. En las inmediaciones no habÃa ningún animal, ni se veÃa criatura viviente alguna. Reinaba una terrible quietud que parecÃa un presagio de muerte. La choza era de una sola planta, con un techo de paja deshilachado por falta de cuidado y ennegrecido por el paso del tiempo. La puerta estaba ligeramente entreabierta. Nos aproximamos con cautela, de puntillas y conteniendo la respiración, pues uno se ve impulsado a actuar asà en estos casos. El rey llamó a la puerta. No hubo respuesta. Volvió a llamar. No hubo respuesta. Empujé la puerta suavemente y eché un vistazo en el interior. Sólo pude distinguir algunas formas vagas y una mujer que se levantaba del suelo y me miraba como alguien que se despierta bruscamente de un sueño.
-¡Tened piedad! -imploró-. Se lo han llevado todo. No queda nada.
-No he venido a llevarme nada, buena mujer.
-¿No sois cura?
-No.
