Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Pero yo ya había cogido un cuenco de madera y, dejando atrás al rey, corrí hacia un arroyo que se hallaba a pocos metros de la choza. Cuando regresé, el rey estaba adentro y se disponía a abrirlos postigos de la ventana para que entrasen el aire y la luz. Había en la choza un olor nauseabundo. Acerqué el cuenco a los labios de la mujer y, justo cuando lo aprisionaba con dedos que parecían garras, se abrió la ventana por completo y una luz intensa inundó su rostro. ¡Viruela!
Salté hasta donde estaba el rey y le dije al oído:
-¡Fuera de aquí inmediatamente, señor! Esta mujer está muriendo de la misma enfermedad que asoló las inmediaciones de Camelot hace dos años.
No se inmutó.
-En verdad que aquí me quedaré... y ayudaré en lo que pueda.
Susurré de nuevo:
-Majestad, no puede ser. ¡Debéis marcharos!
-Vuestras intenciones son loables y vuestras palabras ciertas. Pero sería vergüenza que un rey conociese el miedo y que un caballero armado negase su mano a quien necesita auxilio. Cejad; no partiré. Sois vos quien debe marchar. La condena de la Iglesia no me alcanza a mí, pero a vos os prohibe que os quedéis aquí, y si a sus oídos llegase vuestra transgresión lo pagaríais caro.