Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Permanecer en ese sitio era un riesgo enorme para él y podía costarle la vida, pero no habría servido de nada tratar de disuadirlo. Si consideraba que su honor de caballero estaba en juego, no había argumentos posibles; se quedaría allí sin que nadie pudiese impedirlo. Abandoné entonces el tema. Fue la mujer quien habló:
-Noble caballero, ¿seréis tan amable de subir esa escalera y darme noticia de lo que encontréis? No tengáis miedo de informarme, pues cuando una madre ha sufrido tanto, su corazón está más allá del dolor.
-Esperad -dijo el rey-. Dad de comer a la mujer. Subiré yo.
Cuando me di la vuelta el rey había dejado la mochila yestaba en camino. Se detuvo al reparar en un hombre que yacía en la penumbra y que hasta entonces no se había movido ni había dicho una palabra.
-¿Es vuestro marido? -preguntó el rey.
-Sí.
-¿Duerme?
-Alabado sea Dios por habernos concedido esa merced. Sí, hace tres horas que duerme. ¡No tendría yo manera de pagar tanta merced! Mi corazón rebosa de gratitud por ese sueño que él duerme ahora.
-Tendremos cuidado para no despertarlo -dije.
-Ah, no, ya no es necesario. Está muerto.
-¿Muerto?