Un yanqui en la corte del rey Arturo

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-Sí, ¡qué gloria es saberlo! Ya nadie podrá hacerle daño, nadie podrá injuriarlo. Ahora está en el cielo y es dichoso, y si no es así, residirá en el infierno, pero allí estará contento, pues no encontrará abades ni obispos. Éramos amigos desde niños, crecimos juntos y hemos sido marido y mujer durante veinticinco años, sin separarnos hasta el día de hoy. ¡Cuánto tiempo de amor y sufrimiento! Esta mañana estaba fuera de sus cabales, y en sus fantasías éramos de nuevo niños retozando por los campos floridos, y mientras hablaba, inocente, alegremente, iba alejándose más y más, todavía murmurando de vez en cuando, hasta que se adentró en esos otros campos de los cuales nada sabemos, poniéndose fuera del alcance del resto de los mortales. De esta manera no hubo despedidas, pues en su fantasía creía que yo lo acompañaba... Él no lo sabía, pero yo estaba con él, mi mano en la suya, pero mi mano suave de cuando era joven, y no esta garra marchita. Ah, sí, irse sin uno saberlo. Separarse sin saberlo. ¿Se puede morir de una forma más pacífica? ¡Ése ha sido su premio por haber soportado una vida tan cruel!






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