Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo En aquel momento se escuchó un rumor procedente del rincón oscuro donde estaba la escalera. Era el rey, que bajaba. Vi que sostenía algo en un brazo, y con el otro se ayudaba para descender. Entró en la zona iluminada. Una frágil y delgada muchachita de unos quince años se recostaba en su pecho. Estaba semiinconsciente, moría de viruela. Esto sí que era heroísmo, en sus últimas y más nobles posibilidades, hasta sus cotas más altas. Equivalía a enfrentarse a la muerte en campo abierto, desarmado, con todas las probabilidades en contra, en una batalla sin recompensa, sin la presencia de un admirado público vestido con sedas e hilos de oro, dispuesto a vitorear y aplaudir y, sin embargo, el rey lo hacía con la misma serena valentía que mostraba en esas otras batallas de menos importancia en las que se enfrentan los caballeros en igualdad de condiciones y cubiertos por el acero protector. En aquel momento el rey era grande, sublimemente grande. A las toscas estatuas de sus antepasados que se encontraban en el palacio se les debería añadir una estatua más; yo mismo me ocuparía de ello..., pero no sería, como el resto, la de un rey revestido con su armadura matando a un gigante o a un dragón, sino la de un rey vestido humildemente y llevando a la muerte en sus brazos para que una madre campesina tuviera el consuelo de mirar a su hija por última vez.