Un yanqui en la corte del rey Arturo

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El rey depositó a la muchacha al lado de su madre, quien la acogió con prolijos abrazos y con las expresiones de ternura de un corazón desbordado, todo esto provocaba un lejano destello de luz en los ojos de la criatura, pero nada más. La madre se aferraba a ella, besándola, acariciándola y suplicándole que dijese algo, pero aquellos labios se movían sin que de ellos brotase sonido alguno. Saqué de la mochila mi frasco de licor para ofrecerle de beber, pero la madre me lo prohibió, diciendo:

-No..., ahora no sufre, y es mejor así. Esa bebida podría traerla de regreso a la vida, y alguien tan bondadoso y tan amable como vos no querría causarle tan cruel daño. Pues decidme, ¿para qué habría de vivir? Sus hermanos ya no están, su padre ya no está, a su madre no le queda mucho, y entonces recaería sobre ella todo el peso de la maldición de la Iglesia. Nadie podría darle cobijo ni ayuda, aunque se hallase agonizante en medio del camino. Está desamparada. No os he preguntado, buen hombre, si su hermana, la que yace ahí arriba, aún vive. No ha hecho falta, pues de seguir con vida hubieseis regresado por ella para no dejarla abandonada...

-Descansa en paz -interrumpió el rey con un murmullo. -Es preferible que así sea. ¡Qué rico en felicidad es este día! Ay, mi Annis, no tardarás en reunirte con tu hermana..., ya estás en camino y estos amigos caritativos no habrán de impedirlo.


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