Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Y diciendo esto reanudó sus susurros y arrullos, acariciando suavemente la cara y el cabello de la joven, besándola y llamándola por los nombres más cariñosos, pero apenas se percibía respuesta alguna en aquellos ojos vidriosos. Vi que en los ojos del rey había lágrimas y que algunas comenzaban a resbalar por sus mejillas. También la mujer se dio cuenta y dijo:
-Ah, conozco bien esa señal: tenéis una mujer en casa, alma desdichada, y muchas veces os habéis acostado hambrientos para que los pequeños pudiesen comer un mendrugo de pan. Sabéis bien lo que es la pobreza, las injurias cotidianas de vuestros superiores y la mano dura tanto de la Iglesia como del rey.
El rey se estremeció al recibir aquella certera, aunque involuntaria, descarga, pero no dijo nada; estaba aprendiendo su papel y no lo interpretaba del todo mal, si se tiene en cuenta que era un principiante algo obtuso. Con el fin de cambiar de conversación le ofrecí a la mujer comida y licor, pero rechazó ambas cosas. No permitiría que nada se interpusiese entre ella y el alivio que la muerte le concedería. Entonces desaparecí un momento, bajé del desván a la criatura muerta y la coloqué junto a su madre. De nuevo la mujer perdió el control de sí misma y se produjo una escena desgarradora. Al cabo de un rato, y con la intención de que se calmara un poco, la persuadí de que nos relatara algo de su historia.