Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo El joven se apoyó en mi hombro y fingió que se quedaba dormido. El anciano comenzó su historia: al poco el mozo dormía realmente, igual que los perros, la corte, los lacayos y las filas de centinelas; la voz zumbona seguía zumbando; un tenue ronquido comenzó a elevarse, sosteniendo aquella voz como un bajo y profundo acompañamiento de instrumentos de viento. Algunas cabezas se arqueaban sobre brazos extendidos; otras estaban echadas hacia atrás y de sus bocas abiertas brotaba una música involuntaria; los mosquitos volaban y picaban a su antojo; de un centenar de agujeros emergían tranquilamente las ratas, que se paseaban por el recinto y se instalaban por todas partes, como si estuviesen en casa, una de ellas se encaramó sobre la cabeza del rey y, sentada como una ardilla, cogió un trozo de queso entre las patas y se dedicó a mordisquearlo, dejando caer las migas sobre la cara del rey con impúdica irreverencia. Era una escena tranquila, reparadora para los ojos fatigados y el espíritu exhausto.
Esta es la historia del anciano. Dijo así: