Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -¿Entonces qué os ocurre? ¿Qué motivo de preocupación puede existir?
-Si, en efecto, se han escapado, estamos obligados por la ley a aprehenderlos y llevarlos de nuevo ante su señor, pues no está bien que alguien de su rango sufra tan insolente ultraje y vilipendio por parte de personas de tan baja condición.
Ya estábamos de nuevo con las mismas. Sólo podía ver las cosas desde su punto de vista. Así había nacido, así había sido educado, por sus venas corría una sangre ancestral envenenada con ese género de brutalidad inconsciente que había ido pasando hereditariamente a través de una larga procesión de corazones, cada uno de los cuales había aportado algo para contaminar el flujo. Para él resultaba normal e inofensivo encarcelar a aquellos hombres sin prueba alguna, dejando que los suyos muriesen de hambre, pues no eran más que unos campesinos sujetos a la voluntad o al capricho de su señor feudal, por más terribles que esa voluntad o los muchos caprichos pudiesen ser. Pero que estos hombres se evadiesen de su injusto cautiverio constituía un insulto y un gran atropello, algo que desde luego no podía ser tolerado por una persona íntegra, consciente de sus deberes para con su sagrada casta.