Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Caía la tarde del sábado cuando llegó el pedido. Tuve que echar mano de todos mis recursos para evitar que los Marco se desmayasen. Estaban convencidos de que tanto Jones como yo nos habíamos arruinado irremisiblemente y se reprochaban su complicidad en semejante bancarrota. Aparte de lo necesario para la cena, que de por sí ya suponía una suma bastante elevada, había adquirido una serie de extras pensando en un futuro más cómodo para la familia. Por ejemplo, una gran cantidad de trigo, que era un manjar tan poco frecuente en las mesas de las gentes de su clase como podría serlo un helado en la de un ermitaño. También una mesa de comedor de buen tamaño y dos libras de sal, otro artículo inusual a los ojos de aquella gente. Además algunas piezas de vajilla, taburetes, ropas, un barrilete de cerveza, etcétera. Pedí a los Marco que no hablaran con nadie acerca de estos artículos suntuosos, pues quería tener la oportunidad de sorprender a nuestros invitados y de presumir un poco. Por lo que respecta al nuevo vestuario, aquella ingenua pareja se comportaba como un par de niños: se pasaron buena parte de la noche levantándose para ver si ya llegaba el amanecer y volviéndose a acostar, y al final estrenaron sus ropas casi una hora antes de que amaneciese. Experimentaban un placer -por no decir delirio- tan inocente, insólito y conmovedor, que con sólo verlos me sentía compensado por las interrupciones que mi sueño había sufrido. El rey había dormido como de costumbre: como un tronco. Los Marco no podían darle las gracias por las ropas, ya que se lo había prohibido, pero intentaron mostrarle su agradecimiento de todas las formas posibles. Lo cual no sirvió de nada, pues él no notó ningún cambio.