Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Cuando la mujer se retiró, Marco no pudo resistir dar el golpe de gracia, ahora que los tenía postrados de admiración, y con lo que pretendía ser una compostura lánguida, pero que en realidad era sólo una pobre imitación, dijo:
-Con eso es suficiente: no hace falta que saques el resto. ¡Conque aún quedaban más! El efecto fue soberbio. Yo mismo no hubiera podido hacerlo mejor.
A partir de aquel momento, la mujer fue acumulando sorpresa tras sorpresa con una velocidad tal, que el asombro general alcanzaba los sesenta grados a la sombra, a la vez que su expresión oral se iba reduciendo a «Ohs» y «Ahs» entrecortados y a una muda elevación de ojos y manos. Aparecieron con la vajilla, nueva y abundante, las no menos nuevas copas de madera, así como otros utensilios de mesa; también cerveza, pescado, pollo, un ganso, huevos, ternera asada, cordero asado, un jamón, un cochinillo asado y auténtico pan de trigo en cantidad. No es exagerado decir que aquella gente no había contemplado un despliegue semejante en sus vidas. Y mientras permanecían allí sentados, como idiotizados por la admiración y el respeto, ejecuté con la mano un movimiento pretendidamente accidental, que provocó que el hijo del tendero apareciese como caído del cielo y dijese que venía a cobrar.
-De acuerdo -dije con indiferencia-. ¿Cuánto es todo? Léeme la lista.