Un yanqui en la corte del rey Arturo

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El rey cogió la mano que se le tendía con mal disimulada desgana y se deshizo de ella con el mismo gusto con que una mujer se deshace de un pescado; gesto que causó un efecto positivo al ser interpretado como el lógico azoramiento de quien se siente deslumbrado ante tanta grandeza.

En este momento, la dama sacó la mesa y la colocó debajo del árbol. Causó una visible sorpresa, ya que no cabía duda de que la suntuosa adquisición era completamente nueva. Pero la sorpresa fue aún mayor cuando la dama, rezumando una indiferencia que traicionaban sus ojos iluminados por la vanidad, desdobló lentamente un auténtico, irrefutable mantel, y lo extendió. Esto sobrepasaba incluso las grandezas domésticas que podía permitirse un herrero, y fue un duro golpe para él; era obvio. Pero lo que también resultaba claro era que Marco estaba en el paraíso. Seguidamente la mujer sacó dos flamantes taburetes nuevos. ¡Vaya, eso sí que causó sensación! Se notaba en los ojos de todos los invitados. Entonces sacó otros dos, con toda la calma de que fue capaz. Nueva sensación, acompañada esta vez de murmullos de incredulidad. La mujer se sentía tan orgullosa cuando apareció con dos más, que en lugar de caminar parecía estar volando. Los invitados se habían quedado petrificados. Por fin habló el albañil:

-No sé qué tienen las pompas mundanas, que le mueven a uno a reverencia.


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