Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -Podéis hablar como os plazca; como si yo no estuviese aquí.
-Poseéis cinco taburetes trabajados con el más depurado esmero, aunque en vuestra familia sólo seáis tres -dijo el carretero con profundo respeto.
-Y seis copas de madera, seis fuentes de madera y dos de peltre para comer ybeber -dijo el albañil, impresionado-. Y lo digo a sabiendas de que Dios me juzga y de que no hemos de vivir aquí por siempre, sino que en el último día tendremos que rendir cuentas de todo lo que hemos dicho, de lo falso como de lo verdadero.
-Ahora ya sabéis qué clase de hombre soy, hermano Jones -dijo el herrero con amistosa condescendencia-, y descubriréis sin duda cuán celoso soy del respeto que merezco y qué poco amigo de gastarme el dinero con extraños hasta no estar seguro de su valor y calidad, pero, a ese respecto, no tenéis de qué preocuparos, porque con vosotros no daré importancia a estas cuestiones; al contrario, estoy dispuesto a confraternizar con todo el que tenga un buen corazón como si de un igual se tratase sin importarme su situación social. Y, como prueba de ello, aquí está mi mano; y afirmo con mis propios labios que somos iguales... Sí, iguales.
Así diciendo, sonrió a los presentes con la satisfacción de un dios benevolente que está haciendo una buena obra y es consciente de ello.