Un yanqui en la corte del rey Arturo

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Sí; y su jefe era un hombre muy bueno y afortunado, y dos veces al año ofrecía grandes festines de carne, en los que también había pan blanco, auténtico pan de trigo; de hecho, vivía como un señor, por así decirlo. Y con el tiempo, Dowley tuvo éxito en los negocios y se casó con la hija del jefe.

-¡Y ahora fijaos hasta dónde he llegado! -dijo Dowley en un tono ostentoso-. ¡En mi mesa hay carne fresca dos veces al mes!

Aquí hizo una pausa para que esas palabras cobrasen toda su fuerza, y al cabo agregó:

-Y otras ocho veces carne salada.

-Lo cual es muy cierto -dijo el carretero con la respiración agitada.

-Lo he visto con mis propios ojos -corroboró el albañil con la misma veneración.

-En mi mesa hay pan blanco todos los domingos del año -añadió el herrero con solemnidad-. Dejo a vuestra conciencia, amigos míos, reconocer que esto que digo es cierto.

-¡Por mi cabeza que sí! -exclamó el albañil.

-Yo podría dar testimonio, y lo doy-dijo el carretero.

-Y en cuanto al mobiliario, vosotros mismos podéis dar fe de lo que poseo.

Hizo con su mano un ademán como si garantizara una total libertad de palabra y añadió:


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